A estas alturas sólo nos aguardan decisiones y medidas entre lo temerario y lo inexplicable. Rehenes de un político sin escrúpulos, adherido a su título formal y aferrado a un timón que no va a soltar ni en un caso auténticamente extremo. Lo que ocurre es tan inenarrable como inmensamente larga la lista de sucesos, torceduras, desvergüenzas, irregularidades y desahogos, hasta aquí nunca vistos. El poder mal entendido a que da acceso la presidencia del gobierno rompe límites que nunca pensamos. Y hay un relato general con altibajos, capítulos sueltos y saltos al vacío que, para estos pocos que conforman la banda, da suficientes resortes para continuar. Andan los analistas revisando el significado de gestos, hechos y pesquisas, lo que hasta aquí les valió, ya no sirve. Baste un ejemplo, el decreto de las subidas de las pensiones, derrotada su convalidación en el Congreso, se usa para reproche de quienes lo rechazaron. El cuerpo legal, cuya tramitación y aprobación se frustró, contenía otras disposiciones -como el blindaje antidesahucio para determinados okupas-, si se votaba a favor se aprobaba todo. Legítimamente, determinados grupos parlamentarios estaban en desacuerdo parcialmente, pero sólo cabía apoyarlo todo o nada. Este caprichoso asunto de no poderse votar por separado se planteó en el desconsiderado juicio de desprecio intelectual de los ciudadanos, en el engaño a una importante masa, para ellos, fácil de manipular. Te miento y me sigues… “La oposición está en contra de la subida de las pensiones”. Como esta estúpida maniobra es todo. Nunca el nivel de moralidad, de inteligencia ni de coherencia, anduvo tan al límite; y no hablemos del muro, ese del “lado correcto de la historia”, rezumando la falsedad, el sectarismo, la conveniencia particular y el atropello.
Los constantes reveses que “sufre” la ejecutoria presidencial y el grupo-contubernio que le alienta, le apoya y babea sin descanso, desaniman a ratos su entusiasmo, pero no les hará abandonar. Fuera siempre es peor, así que a seguir. El horizonte se llama dos mil veintisiete, y porque no hay más. De hecho, ya se habla de septiembre de ese año, no de julio -como correspondería-, pequeñas maniobritas ingenio-jurídicas pueden hacerlo factible. Pero no se trata de no tener paciencia o no saber esperar, no. Es la presumible magnitud de los que nos espera, del impensado atrevimiento de lo irresponsable que Sánchez va a abordar más que presumiblemente y sus desconocidas e incalculables consecuencias. Aún no sabemos la cifra final de la regularización masiva recién aprobada, tampoco su auténtico impacto de todo orden, una parida en la que con sólo cinco meses de antigüedad les vale.
Hagan apuestas, cuantos valles de los caídos van a demolerse, o qué aliados tradicionales e imprescindibles nos faltan por hacerlos peligrar como tales. De aquí al veintisiete…