(Iª parte)
Una reflexión sobre el contexto y la idiosincrasia de la fe
Alfonso Berlanga
Son tiempos difíciles para cualquier relato que se autoproclame verdadero; son tiempos apasionantes para mostrar la belleza y lo razonable de la propuesta cristiana con la propia vida.
El ateísmo o el agnosticismo del que vamos a tratar aquí no son los propios de las élites intelectuales, ni los del gremio científico hostil a la fe cristiana[1]. Más bien nos detenemos en su versión popular: el indiferentismo religioso o, como popularizó Jonathan Rauch, el apateísmo. En términos coloquiales, solemos hablar de los descreídos (pero, al menos por nuestra parte, sin ninguna carga peyorativa).
Nuestra reflexión se publica en dos entradas del blog y está organizada en cinco puntos: el modelo cultural de nuestros días, las situaciones personales ante la fe católica, el agnóstico (sus prejuicios y sus escollos); en la segunda entrada abordaremos el papel del educador y las vías para el diálogo. Al final ofrecemos una bibliografía específica y algunos relatos de conversión.
Cuanto sigue es fruto de la experiencia y del estudio: del trato con personas de toda edad (especialmente adolescentes y jóvenes profesionales, sin que falten los adultos), de muchas lecturas académicas y más divulgativas y, por supuesto, de la conversación con otros profesionales de la educación. Estas ideas me llevaron a volcar en una novela el itinerario religioso y de madurez de un joven en la España de 2020: Navegando entre líneas[2] es mi primer escrito de narrativa.
1.- El modelo cultural de nuestros días.
Abundan los análisis sobre la cultura actual y las nuevas tendencias, así como las visiones de conjunto realizadas por pensadores de moda[3]. Tampoco disponemos del espacio suficiente para un desarrollo sobre historia de las ideas. Nos conformamos con exponer varios puntos clave (unos positivos, otros perjudiciales) que, en nuestra opinión, describen a grandes rasgos nuestro modelo cultural…del primer mundo, europeo, español:
- Hemos pasado de una sociedad disciplinaria a una sociedad hipersensible a la libertad y a los propios derechos. El diálogo social y político está crispado y polarizado. La cultura woke campa a sus anchas. La obediencia a las leyes-normas, a la autoridad o a la institución está en entredicho.
- Asistimos al descrédito hacia la clase política y los medios de comunicación de masas, que construyen relatos divergentes. Las fake news han minado la credibilidad.
- La promoción de ideologías que horadan los fundamentos de la fe y de la moral. Unas corrientes de pensamiento que deconstruyen la tradición, la autoridad, la verdad…Un choque violento con el Islam o una actitud de desconfianza, por el miedo al fanatismo religioso.
- El resurgir de la pregunta ética con distintas formulaciones: ¿cómo promover una ética universal que respeta la justicia y la dignidad humana? O al menos, ¿cómo vivir una microética capaz de dar sentido a lo que hago? ¿Es posible encontrar referencias morales en la IA? La sed de sentido, de valores que orienten la conducta, y de la comunión interpersonal frente a visiones materialistas e individualistas.
- Una cultura de lo provisional, inmediato y desechable. Consumir es vivir. Divertirse y evadirse son esenciales para alcanzar la felicidad.
- Sensibilidad hacia el medio ambiente, el hogar común. Gusto y afición por la naturaleza.
- La colonización digital de nuestra vida cotidiana.
- La ignorancia religiosa de muchos bautizados hacia la fe que profesan. La desconexión entre la práctica religiosa, la doctrina y la conducta moral.
- El relativismo y el subjetivismo imperantes, que relegan lo religioso a la privacy. Las nuevas formas de religiosidad (believing withouth belonging, o a la religión a la carta).
- El compromiso creciente por la solidaridad internacional y el voluntariado con los más próximos.
- La ruptura de los canales de transmisión de la fe (familia, escuela, parroquia, comunidades de fe, la catequesis…) y la reaparición de un cristianismo de opción, antes que de tradición.
2.- Las situaciones personales ante la fe católica.
La fe sobrenatural, en cuanto respuesta humana libre y voluntaria ante la Revelación divina, tiene una amplia gama de situaciones que, además, pueden ir variando durante la vida. Este dinamismo no es un obstáculo ni exclusivamente un problema. Vivir la fe implica a la persona por completo (inteligencia, voluntad, afectos, proyectos, familia…) y supone siempre un riesgo y una decisión que nos mantienen en movimiento: “la fe es una decisión por la que afirmamos que en lo íntimo de la existencia humana hay un punto que no puede ser sustentado ni sostenido por lo visible y comprensible, sino que choca con lo que no se ve de tal modo que esto le afecta y aparece como algo necesario para su existencia”[4].
Cuando existe un clima de confianza donde las personas exponen con sencillez las legítimas opiniones (en la escuela, en el seno familiar, en una asociación o entre amigos), muchos jóvenes se aventuran a manifestar sus dudas y dificultades, también sobre la fe. Normalmente sucede en grupo, con los de su edad; en algún momento, a solas con el educador[5]. Al escuchar sus inquietudes, tantas veces imprecisas o confusas, no es buena estrategia suministrar de inmediato remedios o soluciones y, menos aún, juicios de valor taxativos. Es frecuente que, detrás de un desahogo de un joven, haya muchas implicaciones personales y/o familiares que llevan tiempo dando vueltas en su cabeza.
Es importante conocer en cada caso cuál es la situación personal en la fe, y ponerle un nombre, al menos provisional. Quienes se dedican al coaching o al mentoring saben que las primeras reacciones son casi determinantes para establecer el contexto de confianza. El educador hará bien en abstenerse de expresar (con gestos o palabras) una excesiva sorpresa o drama…o escándalo. Lo sabemos y tenemos experiencia personal en el acompañamiento de los jóvenes: todo tiene arreglo, el tiempo y la maduración juegan a su favor, Dios no abandona y nos ha hecho libres e inteligentes para seguir buscando la verdad y descansar en ella; y ahí están los educadores como posibles compañeros de su camino.
Entre las muchas clasificaciones optamos por estas posibles situaciones personales ante la fe católica:
- El católico feliz y practicante sin especiales dudas.
- El católico con dudas.
- El agnóstico convencido e indiferente, el ateo práctico, el descreído.
- El agnóstico en búsqueda.
- Creyente de otras religiones.
- El creyente en la ciencia.
Para las tres primeras (quizá las más frecuentes) daremos algunas líneas de trabajo/diálogo en el último apartado.
3.- El “descreído”: sus prejuicios y sus escollos.
Involuntariamente tendemos a emitir juicios (éticos, estéticos, de valor…) sobre las situaciones cotidianas de las que tenemos noticia. La madurez y la prudencia impulsan a matizarlos, llenándolos de empatía, de misericordia o de comprensión con el que pensamos que yerra. Quizá el lector se sonría si, al leer las etiquetas de arriba, no las ha asignado a personas concretas…casi de modo inmediato.
Vamos a hablar de la tercera situación, por ser la más complicada a la hora de entablar un diálogo verdadero. Analizaremos sus posibles prejuicios y sus verdaderos escollos. Pero sin caer nosotros mismos en los prejuicios. Nos vale aquel consejo de un colega sacerdote: “Hay, por tanto, que llegar a amar y comprender a los buenos y a los malos: entre otras razones porque sólo Dios sabe quién es lo uno y lo otro. Y porque, como bellamente ha dicho Pío XII, ¡cuántos hay que todavía son malos porque nunca nadie los amó!”[6].
Prejuicios y escollos, más o menos conscientes, en el modo de vida del descreído:
- Viven en un escepticismo hacia muchas cosas, instituciones o determinados grupos de personas. Han sustituido la certeza intelectual por la ausencia de remordimientos (ámbito del obrar) y por la química-confianza en ciertas amistades (ámbito de las relaciones). Si dudan, preguntan a la IA; si les convence la consulta aquí y ahora para salir del paso y seguir viviendo, ahí se detiene la reflexión (ámbito del conocimiento). Es el círculo vicioso del sesgo cognoscitivo, que dicho en términos sencillos sonaría así: “tengo unos prejuicios (como todo el mundo) y sólo considero verdaderos los casos particulares que me los confirman; los demás casos que no me cuadran son excepciones que confirman mi regla”.
- El agnóstico más clásico afirma con serenidad que está felizmente instalado en la finitud[7]. Esto no lo suelen decir los jóvenes, que conviven con temores y ansiedades.
- Son víctimas de una ética del egocentrismo. Buscan realizarse de modo insaciable y, para ello, tienden a la introspección y, sobre todo, a las valoraciones externas de los demás (coleccionistas de likes en cualquiera de las redes). No conciben para sí mismos que el amor honesto exige un tú y una donación. Les escandaliza que exista un Dios que los vaya a juzgar y que pueda limitar sus aspiraciones. Cuando les sobreviene un momento de sinceridad consigo mismos o con personas especiales (el lenguaje coloquial es expresivo: “mi amiga…se abrió a saco”), reconocen sus limitaciones, miedos y defectos: es el mal dentro de ellos, del que también se culpabilizan en exceso.
- Son sensibles a la injusticia. Su empatía los coloca junto a las minorías repudiadas socialmente en la historia (cultura woke). Se rebelan contra el dolor, la enfermedad y la muerte. Algunos buscan culpables y pueden caer en la indignación. Estos, además, cuando se hacen más mayores, arremeten con agresividad contra los creyentes que, a pesar de todo, no han abandonado ni la fe ni la práctica religiosa. Otros ponen a Dios en el banquillo de los acusados.
- Para justificar su modo de vida, recolectan argumentos y falacias de la ciencia atea de divulgación, de los medios de comunicación con fuerte carga ideológica, o de la historiografía ideológica que ataca a la Iglesia con ocasión y sin ella. Como muchos no leen demasiado, acaban siendo incapaces de atender y, al final, de tener pensamiento propio: lo suyo es el sensamiento[8].
- Hay quienes sufren el silencio de Dios. Han podido experimentar la oración no escuchada o el mal ejemplo de los creyentes. Y la incoherencia de los demás y más aún de los que tienen propuestas fuertes…no la perdonan. Quizá han recibido una educación cristiana demasiado simplificada y con argumentos repetitivos, o nadie salió al paso de sus dudas con paciencia, o han vivido una espiritualidad que dio demasiada importancia a los logros de la voluntad y a la ausencia de errores.
- El resultado final, en cuanto a la fe, llega solo: trivializan la pregunta por la existencia de Dios, también porque les viene grande y no es práctica para su vida diaria.
[1] Para las cuestiones de ciencia y fe remitimos a la biografía y el análisis de Anthony Flew, un converso al deísmo desde el ateísmo más radical: cfr. A. Flew, Dios existe, Trotta, Madrid 2013. También hay una respuesta aguda en J. C. González-Hurtado, Nuevas evidencias científicas de la existencia de Dios, Voz de papel, Madrid 2023.
[2] Disponible en: https://books.quares.es/editoriales/alfonso-berlanga/. El correo para todo lo relacionado con la novela o con esta entrada de blog es: navegandoentrelineas2025@gmail.com.
[3] El filósofo y sociólogo de origen coreano y formado en Alemania, Byung-Chul Han. Dos de sus obras famosas: En el enjambre, Herder, Barcelona 2014; La salvación de lo bello, Herder, Barcelona 2015.
[4] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo, Sígueme, Salamanca 1994, cap. 1, 32.
[5] Con educador nos referimos a cualquier agente de su educación/formación como persona.
[6] A. Rey, Llamada al amor sencillo, Palabra, Madrid 1974, 36.
[7] Cfr. Tierno Galván, ¿Qué es ser agnóstico?, Tecnos, Madrid 1986, 15.
[8] Es un neologismo nuestro que, como se intuye, tiene que ver con un modo emotivo de discurrir tan fugaz, que salta de una emoción a otra, y que acaba configurando un modo de “pensar” y de vivir.