Ante el cúmulo de hechos y desencuentros de la Administración Trump con el concierto de países aliados, no aliados y hasta enemigos, cabe analizar algunos extremos. Donald Trump protagoniza una deriva más agresiva y muy diferente a la que fuera su primera etapa presidencial. Trump no viene de la actividad política, sino del mundo del show-bussines y del sector mediático y empresarial. Sus posiciones políticas pasan por la consideración central de un Estados Unidos, primera potencia mundial económica, militar y, en su mente, también espiritual. El aliado sempiterno de los estadounidenses siempre ha sido Europa y consecuentemente el llamado Mundo Occidental, Canadá, Australia, Japón, Nueva Zelanda y, con altibajos, el resto de América, centro y sur. Pero de manera especial la vieja Europa y la propia UE, pues se comparten cultura, educación, valores, objetivos y hasta modelo económico. Prácticamente, desde los inicios del siglo XX, USA ha liderado a sus socios europeos y, al finalizar la II Guerra Mundial, también al resto de occidentales. Tras la caída del muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y la liquidación del Pacto de Varsovia, así como de la democratización de los países que lo componían y su integración en las instituciones internacionales políticas y económicas, Rusia siguió fuera de ellas. Desde los 90, los rusos intentaron formar parte, tanto de la UE como, posteriormente de la OTAN y fueron los norteamericanos sus principales detractores, a ratos los británicos y, puntualmente, algún otro. De aquellos polvos, estos lodos. No es que fuera fácil ni razonablemente inmediato, mover a los países de sus ejes internacionales, pero mantener rivalidades y bloques, como si nada hubiera cambiado, no fue la mejor idea.
Estados Unidos está a la cabeza de Occidente con el asentimiento de todos y no digamos en la OTAN. Ha habido crisis, guerras, ofensivas económicas, terrorismo, errores garrafales, injusticias, víctimas inocentes, de todo. Pero los llamados Aliados resistieron como tales -aún lo hacen- sin titubeos o casi. Hoy, el presidente de los Estados Unidos, en su verbo político cotidiano, pone en cuestión esta vieja amistad y unidad general de acción, puede que sin consecuencias irreversibles. No es sólo incomodidad, se trata de efectos políticos reales y muchas dudas. Ser el primer país del mundo se explica no sólo por la realidad económica, tecnológica y militar individual, sino por todas las naciones que acompañan, apoyan y comparten espíritu y acción. Pero ningún estado puede ser el líder, si está sólo, por fuerte que sea. Los socios naturales, para seguirlo siendo, pueden modificar condiciones, esfuerzos y cuantías, pero han de mantener su respeto y su lealtad. Ahora, que todo se complica mucho más, véase Irán, Ormuz, el conflicto, las bombas y el fuego, acertar es aún más vital. Puede hacerse.