Ceuta entre la traición y la dejadez. Carlos Fuster Cerezo

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La soberanía de una nación no se pierde únicamente tras una rendición militar o el izado de una bandera extranjera en la capital; se disuelve día a día cuando el Estado renuncia a proteger sus fronteras, tolera la erosión de su identidad y convierte su territorio en moneda de cambio geopolítica.

En el extremo sur de Europa, Ceuta se ha convertido en el síntoma más desgarrador de esta decadencia. La ciudad autónoma, parte integrante e inseparable de España desde hace siglos, languidece hoy aprisionada entre la voracidad estratégica de Marruecos y el desarme moral de un Gobierno central incapaz de defender la unidad de la Patria.

La inmigración masiva e ilegal que asfixia a Ceuta ya no puede analizarse bajo la lente de una simple crisis humanitaria o de un flujo migratorio espontáneo. Se trata de un elemento central en la estrategia de contención y chantaje de Rabat. Marruecos utiliza la presión demográfica en la frontera como una auténtica arma de guerra híbrida.

Cada oleada humana a través del espigón de Tarajal o los asaltos coordinados a la valla perimetral no son fruto del azar, sino de la apertura y cierre deliberado de los grifos policiales por parte del reino alauita.

Rabat administra el drama migratorio con precisión quirúrgica para extorsionar al Gobierno español, obtener subvenciones billonarias de la Unión Europea y forzar concesiones diplomáticas.

Esta táctica forma parte del plan integral del expansionismo marroquí, cuyo horizonte último nunca ha sido un secreto: la anexión de las plazas de soberanía española en el norte de África.

La doctrina del «Gran Marruecos» sigue plenamente vigente en la agenda de Rabat. Mientras España busca una reconciliación ilusoria basada en el apaciguamiento, Marruecos aplica una estrategia desestabilizadora contra España, jugando al ajedrez geopolítico con visión de Estado a largo plazo, consciente que el tiempo y la debilidad del vecino juegan a su favor.

Ante esta ofensiva continua, la respuesta política en Madrid ha sido el abandono. El bipartidismo encarnado por el PSOE y el PP ha demostrado una dejadez criminal en la defensa del interés nacional.

Durante décadas, ambos partidos han alternado en el poder manteniendo una misma línea de subordinación ante Rabat. La política exterior española se ha reducido a una sucesión de repliegues humillantes, evidenciada por los giros unilaterales en la diplomacia del Estado sin consulta ni consenso parlamentario.

La casta política tradicional ha preferido la comodidad del consenso buenista a la firmeza que exige la soberanía. El PP y el PSOE han desmantelado progresivamente la presencia del Estado en Ceuta, precarizando a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, ignorando las necesidades del Ejército y dejando a los ciudadanos ceutíes en una permanente sensación de orfandad institucional. La complicidad por acción del sanchismo y por omisión de la falsa oposición ha convertido a la frontera sur en un coladero ingobernable donde la ley española ha dejado de imperar.

A esta negligencia partidista se le suma la cobertura ideológica de la izquierda woke y el progresismo tercermundista. Dominados por un complejo de culpa postcolonial y una alergia visceral a la idea de patria, estos sectores anteponen un falso humanitarismo a la seguridad y la integridad territorial de España.

Bajo el mantra de las fronteras abiertas y la corrección política, el progresismo criminaliza a quienes exigen la protección de los límites nacionales y reduce la soberanía a un concepto obsoleto.

Este humanitarismo de salón no solo es hipócrita, sino profundamente destructivo. Al despojar al Estado de su derecho a decidir quién entra en su territorio, la hegemonía cultural de la izquierda favorece la implantación de dinámicas sociales e ideológicas incompatibles con la identidad europea y los valores occidentales.

Pretender que se puede acoger de manera ilimitada sin destruir el tejido social, la seguridad ciudadana y el bienestar de los propios españoles es una irresponsabilidad suicida.

En Ceuta, este modelo no ha generado integración, sino fractura social, tensión permanente y el progresivo reemplazo de la identidad histórica de la ciudad.

España se encuentra en una encrucijada histórica. Ceuta no es un islote lejano ni un problema menor de orden público; es la primera línea de defensa de la nación y de Europa.

Recuperar el control exige romper de inmediato con la lógica del apaciguamiento y sustituirla por una política de firmeza soberana:

 * Militarización y refuerzo fronterizo: Despliegue permanente de las Fuerzas Armadas en la frontera para garantizar la impermeabilidad total frente al chantaje migratorio y los asaltos ilegales.

 * Devoluciones inmediatas: Aplicación rigurosa de la ley para la expulsión sistemática de todo aquel que ingrese ilegalmente en territorio español, neutralizando el efecto llamada.

 * Firmeza diplomática frente a Marruecos: Respuesta simétrica ante cualquier provocación o chantaje de Rabat, incluyendo la suspensión de ayudas económicas y la revisión de acuerdos bilaterales.

 * Plan de choque económico y social para Ceuta: Exenciones fiscales, incentivos a la inversión y presencia reforzada de las instituciones del Estado para asegurar la viabilidad y españolidad de la ciudad a largo plazo.

Navegar entre la traición de la izquierda ideologizada y la dejadez de la derecha blanda aboca a Ceuta a un punto de no retorno. La soberanía no se negocia ni se suplica; se ejerce con determinación. Si España renuncia a defender Ceuta con todos los recursos a su alcance, estará entregando la primera pieza de su propia existencia como nación libre y soberana.

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