Contra el fuego. Joaquín L. Ramírez

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La incidencia de fuegos forestales este verano -también en otros muchos- está causando un daño incalculable en numerosas vidas humanas y en el espacio físico de miles y miles de hectáreas de zonas boscosas y de masa verde. Año tras año, el riesgo para las personas y fatales muertes, así como amplísimas superficies de zonas naturales, es brutal y, lo que es peor, creciente. Reiterar aquí que la necesidad de la limpieza del monte y los bosques es una medida esencial, así como aspirar a la continuidad de los cortafuegos, etc. suena casi como a sumarse a la evidencia. Se reivindica desde hace mucho y por parte de los mayores expertos, pues esas tendencias, modas o mantras de abandonar la naturaleza a su suerte por un malentendido sentido de la preservación es incalificable.

Yendo un poco más allá, hay que ser conscientes de que, a pesar de tantos adelantos tecnológicos de todo tipo, la extinción de los incendios es un campo en el que la humanidad no ha avanzado demasiado. Se ha mejorado en prevención, detección temprana o algunos medios materiales y coordinación, pero los terribles efectos de los incendios forestales no son diferentes en los últimos cincuenta años. Deberíamos reconocerlo, necesitamos urgentemente de la investigación no sólo para mejorar, sino para para cambiar de una vez el paradigma. Hace relativamente poco tiempo se dio a conocer una sustancia nueva –“ecofire”- de creación española y de aparentes grandes y revolucionarios resultados, un producto comercial que no se trata de publicitar. Seguramente se trata de una fórmula experimental que aún precisará de muchas pruebas y estudio, sí. Pero no podemos esperar y no es tolerable que, ante algún avance o apariencia del mismo, de éste u otro invento similar, las autoridades responsables hagan oídos sordos. Necesitamos respuestas, acciones y aciertos.

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