El conflicto irano-occidental. Joaquín L. Ramírez

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En la historia y la vida, unos frentes son de guerra y otros no, pero casi todos pueden serlo. Escribir de lo que pasa es un ejercicio antiguo e ininterrumpido, nunca cesa. No siempre algo tan elemental está permitido, el veto, la censura grande o pequeña, está presente en muy buena parte de los episodios. Quizá porque la humanidad no suele estar siempre orgullosa de lo que hace o, al menos, de cómo lo hace. Digamos que no suele agradar -según, cómo y a quién- que se cuenten circunstancias y detalles, porque las formas sucias o los atajos desconsiderados e injustos son moneda corriente. Muchas veces los pueblos sólo tienen un propósito, existir, la lucha es pues legítima. Pero lo que en un principio es justo y hasta deseable, cuando se alcanza alguna posición de dominio, puede transformarse en abuso o amenaza, ya sea por carácter, inercia o venganza.

Hoy es hoy y mañana no se sabe. Resuenan las bombas y el fuego, siempre lo hacen. Cada vez, cada guerra, levanta un suspiro generalizado que añora saber hasta cuándo, cómo… Y que se restaure la paz, la siempre deseada y soñada. Sin embargo, este mundo aún no ha encontrado la fórmula ni el camino para preservarla. Así, que, tras las hostilidades irano-occidentales, nos queda ver en qué situación queda y cuando cesan las bombas y el fuego. En tanto Irán atraviesa una crisis económica de alta inflación, devaluación del rial y revueltas sociales intensas y persistentes ansiando libertad, el ataque de USA e Israel por la continuidad del programa nuclear persa ha extremado la situación. La respuesta iraní lo ha sido atacando territorio israelí y bases militares estadounidenses en varios países como Qatar, Baréin y Emiratos Árabes. Hay acontecimientos que son previsibles, pero no se reacciona hasta que no llegan, qué difícil es contar con la prevención y la prudencia. Para USA e Israel se trata de impedir que las amenazas de ataque por parte del régimen teocrático de Jamenei pudieran cumplirse en tanto se persistía públicamente con el proceso de su programa nuclear. De otro lado, Irán hace alusión a la violación de su soberanía, pero la bomba nuclear -poseerla- no es una actitud inocente, pues es desasosiego presente y peligro objetivo. Entre tanto, la Unión Europea asiste “preocupada” al escenario de confrontación con poco o casi nada que decir. La llamada de Albares al derecho internacional suena vana y no digamos Sánchez, exigiendo la “descalada”. No se puede ser “oyente” y mirar para otro lado mientras Irán culmina su proceso de conversión en potencia nuclear. Desear el cese de los ataques de unos y otros es obligado, pero eso sí, logrando las mayores garantías de que se han sofocado la amenaza y el peligro.

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