Hoy toca jazz. Joaquín L. Ramírez

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“En música este fin de semana toca jazz, os recomiendo a Santi Vega, a su último disco, que se llama ·Un instante infinito·. Sobre lectura… Josep Nye, ·El poder blando·…” Así reza un video de Tik Tok, el más reciente, protagonizado por Pedro Sánchez, una escena del sofá con seguidores, curiosos y frikis. A la búsqueda del amor perdido, nunca desespera. Es como sus legislaturas, hartazgo general nada más empezar y, sin embargo, parecen nunca terminar. Es evidente que sus videos, paseo por la Moncloa, música y libros, esto y lo otro, aparte de “convenientes” y “perfectos”, están guionizados por sus asesores. Ni siquiera esta actividad es inocente y mucho menos espontanea, ni gratis. Se trata de buscar la fórmula para gustar y gustar, hasta el más dulce empalago. Eso sí, por muy artificioso e intervenido que esté el referido ejercicio audioviosual, el reflejo de la personalidad de Sánchez -el voluntarioso hilo conductor- es insustituible e indeleble, su vocación de protagonista y de ser amado es netamente propia.

Es una escenografía doméstica que trata de convertir a Sánchez en un dirigente moderno, agradable y hasta imprescindible, difundido en formato vertical y con música de fondo. Se trata de cubrir huecos o carencias, instrumentos que nos hagan olvidar realidades y renuncios. De ahí el abuso de redes sociales, que han sustituido al viejo balcón institucional por una escena de un hogar, si es necesario, con chimenea, para transmitir estudiados gestos, un cálculo medido. Una especie “poder blando”, a lo contemporáneo: atento, cortés, cotidiano y accesible. En ese escenario, el líder no sólo gobierna, también interpreta un papel continuo ante una audiencia dispersa y biempensante. Sánchez es ya un ejercicio de representación permanente, donde la simpatía busca suavizar el juicio crítico y donde la cercanía encontrar la complicidad. Pero el riesgo de este formato es que cuanto más se insiste en la imagen cercana, más visible se vuelve el artificio que la sostiene y más susceptibilidad y negativas suscita.

A aquellos que inocentemente pensaron que este jefe gobierno era uno más y que “todo pasa…” se les atraganta, pues nada parece ser suficiente para cejar en su empeño. Tampoco el revés parlamentario constante de sus trampas para elefantes, como sus muchos decretos ómnibus, una especie de bazar normativo con piezas incompatibles y contradictorias. Es que, sin duda, sus deseos de gloria superan cualquier comparación posible, en la vida hay muchas situaciones y aventuras o cuentos que se pueden fingir, pero la gloria, la corona de laurel, hay que merecerla. En estas lides, que Sánchez pueda pasar a convertirse en nuestra sugerencia cercana, en el consejo amigo o la recomendación de confianza, es algo -créanlo- que está muy lejos, tanto, que sólo podríamos simularlo.

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