La toma de Ceuta. Joaquín L. Ramírez

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En 2026, a 30 de julio, se produjo una invasión hostil de inmensas proporciones -entre 65 y 70.000 personas- en la ciudad española de Ceuta, limítrofe con Marruecos. Ceuta tiene unos 84.000 habitantes, o sea, que los invasores casi suponían un contingente similar al de los propios residentes de la ciudad. Cabe decir que los insurgentes no iban armados ni se trataba de una fuerza militar regular, jóvenes, la mayoría varones y mayores de edad, llegaron en masa aparentemente sin un fin ni preparación previa. Está claro que la fuerza presentada dentro de la ciudad contó con el aliento de las autoridades vecinas marroquíes y no encontró ningún obstáculo en la zona contigua a la frontera. No cabe, pues, exculpar al Gobierno alauí de esta acción inamistosa y provocadora, ser mire o se piense como quiera que sea.

La noche del jueves al viernes continuó la ilegal introducción de más y más intrusos, se ignora hasta qué hora de la madrugada. La Policía Nacional, la Guardia Civil y la Policía Local, en exiguo número, apenas pudieron sino vigilar algunos de los movimientos de aquel rio de gente. Por supuesto hubo altercados, asaltos de negocios de todo tipo, hasta de algunas viviendas, incidentes sumados a la demanda de alimentos, cuidados, etc. -también más de cuarenta fallecidos en el mar-. Imaginen dónde han hecho sus necesidades y cómo han podido comer o descansar. Por la tarde se anunció el despliegue del Ejército, algo que sólo pudo comprobarse horas después y con las instrucciones de mínima intervención.

Un gobierno cobarde, incapaz de cumplir sus obligaciones, sobrepasado y presidido por un político polémico y nada querido, ha dado una muestra más de incompetencia escandalosa e inolvidable. Ceuta fue tomada, es un aviso y una amenaza, la madrugada del 30 al 31 el estado pareció no existir. ¿Estamos en peligro?

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