Como dijo el teólogo alemán, Dietrich Bonhoeffer, asesinado por los nazis a los 39 años en abril de 1945, “contra la maldad puedes luchar, puedes denunciarla, resistirla o encerrarla, pero contra la estupidez no tienes defensa, el estúpido es alguien que ha renunciado al buen juicio, no tiene límites, se siente del lado correcto y, lo peor, no sabe que lo es”. Pues bien, estúpidas son muchas de las decisiones que arrasan en España, más todavía el discurso y la ejecutoria del Gobierno, siempre dispuesto a sorprendernos con las acciones, sugerencias y afirmaciones más perniciosas y dañinas. En la sesión de control del Congreso de los Diputados, el pasado miércoles 22/04/2026, el Presidente del Consejo de Ministros finalizaba una de sus intervenciones, concretamente contestaba a la portavoz de Junts, Miriam Nogueras, diciendo textualmente -con evidente estupidez y también con maldad-: “el Gobierno trabaja para hacer a Cataluña y España países mejores. Sí, países mejores, países mejores” …
Sánchez ha pasado de perder las elecciones generales y, aún ello, presidir el Gobierno con el concurso de Bildu, Junts, ERC o Podemos, a mentir cada día a su conveniencia y hasta redefinir a Cataluña en singular como “país”, insinuando la acepción primera de la RAE: “territorio geográfico que es o funciona como estado constituido”. (Nota: “sinónimos, patria, estado, nación, reino o república”). El jefe del ejecutivo se merienda la Constitución y las leyes también con estas palabras y en este acto y en el marco de las Cortes Generales, aunque seguramente tampoco importa. Confundir las propias opiniones, si es que lo son, con el discurso institucional, es realmente grave. Elegido en el Congreso como Presidente del Gobierno de acuerdo con la ley, su primigenia obligación pasa por no infringirla nunca y no alterar la forma del estado ni siquiera en comentarios, mucho menos en un discurso o en una respuesta parlamentaria. España, señor Sánchez, es lo que la Constitución democrática votada por el pueblo dice que es, no lo que a ud. se le ponga, ya sea en nombre de su corralito de progresía o de sus “detallosos” regalos dialécticos para preservar sus pactos. El desahogo intelectual contaminado de interés que presupone alterar la letra y la esencia de la Nación Española (artículo 2 de la C.E.) es mucho más leso y profundo de como pueda haberse tomado o entendido. No se puede estar en manos de quien ejerce su responsabilidad o mando con su habitual indigencia y hasta con virtual prodigalidad. Ocupar el cargo, ejerciéndolo a capricho y con tal absoluta deslealtad no sólo genera desánimo e inquietud general, sino que produce daños inconmensurables de todo orden y difícil reversibilidad. España espera, Europa espera… Afortunadamente, las pesadillas no duran para siempre.