El calor del verano, que estrenamos cada aquel, siempre sorprende. Aunque los episódicos datos de temperatura son básicamente los mismos de la temporada anterior, solemos enfatizar la incomodidad y el descontento como si no hubiese un mañana. Debe ser la combinación del relato con la mala memoria. Díganme, ¿hay algún verano en que Bilbao, al menos un día, no alcance los 41 grados? ¿O el calor seco rayando en los 40 de Zaragoza, no digamos en Toledo? y no olvidemos los altos números de la canícula en Madrid o Ciudad Real. Sevilla y Córdoba son un clásico, veranos tórridos. También Murcia. Pero Orense suele llamarnos la atención cada año cuando alcanza los 38 y los mantiene. Estos días los mapas son rojos, a veces el uso de este color se entiende algo, a veces no. Es una batalla perdida querer explicar que los veranos son como siempre, o que España tiene un cálido clima en el estío. Créanlo, “nihil novum sub sole” -nada nuevo bajo el sol-, todo sigue como era, las diferencias, si las hay, son mínimas.
La experiencia sobre la Tierra del ser humano debe servirnos para aprender y nadie debiera manejarnos. Miren, esa ducha experimental en la playa de Matalascañas, con todo respeto para su buena intención, irá con monedas. De momento, esa sola ducha no costará dinero, se trata de un período de prueba. Se dice que un temporizador cortará el flujo de agua, una vez pase un breve espacio de tiempo y se trata, ya saben, de quitarse el salitre del cuerpo y, presuntamente, también la arena de los pies. Quieren enseñarnos a ahorrar agua, paradójicamente frente a un inmenso océano Atlántico lleno del líquido elemento en una cantidad casi interminable, ahorrar agua… El agua es la sustancia más abundante en la superficie de la Tierra.