Entre las lindezas descriptivas del rabioso presente, qué duda cabe de que abundan en los debates las fugas históricas, las sospechadas y también las que sólo citarlas se considera extravagante. Nadie en Italia ni en el resto del mundo pudo imaginar, allá por el mes de mayo del 94, la fuga a Hammamet (Túnez) del Exprimer Ministro, Bettino Craxi, que estaba siendo juzgado por corrupción. De hecho, las autoridades judiciales ordenaron retirarle el pasaporte por riesgo de fuga ese mismo mes de manera muy ineficiente, pues ya había abandonado el país. Hasta un largo año después no se consideró a “don Craxi” oficialmente fugitivo. Ya nunca volvió. Murió seis años después en tierras tunecinas.
En nuestros días, en España, a algunos de sus protagonistas más sonados se les ha retirado el pasaporte y a otros no y, tanto las decisiones de la efectiva retirada como las no así producidas, han sido muy criticadas. Será que vivimos circunstancias realmente chocantes, que a algunos les parecen de película, fantasiosas o descabelladas, pero de un innegable carácter extraordinario y cuyo final cuesta adivinar.
El infundadamente odiado Juez Peinado no se conformó con la referida retirada de pasaporte, sino que también en su auto se refirió a la posibilidad de que la escolta policial pudiese “ayudar” en una pretendidamente futurible fuga. Lo que pasa es que, sin la medida cautelar de prohibirle viajar, esa ayuda no sería ilegal y sólo la interesada sabría el objeto real de ese posible viaje. El otro imputado, ZP, de parte del Juez Calama no recibió ningún registro en su domicilio, tampoco se le incautaron sus documentos para viajar y, eso sí, se le dio un plazo para documentar su alijo joyero. El tiempo acordado ha pasado y Rodríguez Zapatero nada ha dicho al respecto. Arraigo, fuga y silencio.