Risas, aplausos y perder. Joaquín L. Ramírez

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El coro de clá que el jueves en el Congreso sonreía en comandita y se carcajeaba nervioso sin saber en qué residía su contento, es el símbolo de los tiempos de un Gobierno corrupto. Sánchez, rechazado por los 177 Diputados que le exigieron su dimisión es el mismo al que otros 178 -en el mismo espacio e igual acto- conminaron a presentar una Cuestión de Confianza. El cronificado presidente ya sólo es y representa una auténtica infección en estado terminal.

Es estado de podredumbre política que las decisiones judiciales revelan sin más paños tiene en la izquierda una sola respuesta y es chocante y ridícula: “qué mal lo de Aldama”. Lo que peor llevan no es el bochorno por la situación, sino que este personaje haya cantado y dado norte fidedigno de la verdad de los hechos. Qué dura es la verdad. Ahora han acuñado otro adjetivo: el corruptor. Imagínense, es como si fuera una caricatura de un diablo tentando a los “pobres mortales”. Pues no, los condenados por el Caso Mascarillas eran los influyentes personajes que exigían pagos y comisiones y crearon las condiciones para ello. Es lo que pasa siempre, el político corrupto -el que lo es- usa la llave para cobrar y sólo así permitir construir, vender, comprar, etc. Ellos sí son los verdaderos corruptores.

Todo indica que queda mucho más -y muchos más-, que no hubo un “se corrompieron”, sino que vinieron desde casa exactamente para esto. (Pregunten en Servinabar por Santos Cerdán). En la vida hay quien esconde una irrefrenable “vocación” de poder y dinero y lo malo es que se hagan con los puestos y los títulos de las jefaturas.

Sánchez ríe y golpea mano contra mano la palma de Patxi -ya saben, “millones de españoles, todos con Begoña…”-. Creen habernos secuestrado, pero están perdidos.

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