Tras la moción de censura de mayo-junio de 2018 que le elevó a la presidencia, Sánchez no ha parado de ver debilitados sus apoyos parlamentarios, salvo el aislado espejismo de ganar en las generales del 19. El hecho nemotécnicamente democrático de haber podido recolectar los votos de “siete colores” de partidos sólo agrupados en el derribo del espíritu constitucional de la Transición y la Constitución de 1978 apuntaló una “mayoría progresista” insostenible y peor avenida. La mala -muy mala- gestión y los gravísimos casos de corrupción en torno al Gobierno y, lo que es mucho peor, los sucios episodios judicializados del círculo más cercano -familiar- de Sánchez, así como sus más íntimos lugartenientes en el confuso entramado partido-gobierno, han emponzoñado para siempre su propia ejecutoria. Pero lo que es mucho más rechazable es el daño objetivo al Estado que toda esta situación produce y genera. Nunca un primer ministro puede asumir en singular ni personalísimamente las decisiones, menos aún las más importantes, como aquella carta a Mohamed VI accediendo a las reivindicaciones de Marruecos sobre el Sáhara. Nunca cabe hurtar a las Cortes los más cruciales pasos a seguir, como en este caso, a las relaciones internacionales, el rol de Presidente del consejo de Ministros no da para asumir el mando absoluto, nadie lo tiene en una democracia. Nuestra pertenencia a la UE, a la OTAN, al bloque Occidental, los tratados y convenios internacionales, etc. no son cosa de una persona ni de un cargo, sino del acuerdo legal mayoritario de los españoles representados por la Cortes Generales. Saltarse al legislativo es una aberración, no sólo legal, sino también una anomalía democrática que sí afecta a la legitimidad, que se ha convertido en costumbre de un gobierno que lleva toda la legislatura sin presupuestos. No es éste el curriculum más normal ni aceptable de una democracia occidental, se dañan los intereses de todos por el mero deseo de un político aventurero, extremadamente vanidoso y apabullante en la ocupación del poder. El anuncio de Trump de estos días de poner en cuestión la permanencia de las bases militares de acción conjunta hispano-estadounidense, de gran importancia estratégica, es para ponernos a pensar con seriedad y preocupación hacia dónde nos llevan. Esta nación no es un pisito de soltero del marrullero Sánchez, no, ésta es la España de todos, que ha de seguir y dirigirse hacia donde la gran mayoría decida hacerlo. Sacrificar los intereses nacionales por torpezas, egoísmos o intereses inconfesables, no es ni presentable, ni conveniente, ni legal. Tras el plante de medio gobierno de más de dos horas para entrar al último Consejo de Ministros, P. Sánchez debe irse con toda urgencia y que hablen los españoles. Es tiempo de reparar su gran estropicio.