Tierra de Gracia: de la Guerra fría a la del microchip

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Carlos Pérez-Arizamayo 19, 2026 1:20 am | Actualizado 10:17 am

Mientras Trump pisa las tierras raras de la Gran Muralla y propone sumar tres estrellas a su bandera (Venezuela, Cuba y Groenlandia), los drones ucranianos sobrevuelan Rusia y Zelenski resiste apoyado por Europa. Ormuz es el cerrojo de Occidente

Se observa una geopolítica sobre la hegemonía tecnológica o, al menos, de alianzas entre los gigantes del microchip. Con la irrupción de la IA y de los bots humanoides, el dominio y suministro de chips se vuelve un elemento indispensable. Componentes como garantía del dominio y avance de los procesos de control y expansión de los mercados digitales, que son los que marcan el presente hacia el futuro inminente.

Trump ha ido a China debilitado. Se le nota, al mostrarse dócil en sus expresiones de halago a Xi y a China. El líder chino no tiene las presiones internas que soporta Trump. Sin embargo, se necesitan. Mejor llegar a acuerdos para dominar el negocio internacional de la tecnología y los flujos petroleros, que enfrentarse en una guerra larga y desgastante. Guerrear cuesta dinero, los acuerdos comerciales dan ganancias. No solo chips están de por medio, también Taiwán, Irán, Rusia/Ucrania. Ni Trump ni Xi Jinping quieren llegar a las manos nucleares tácticas. Ni Trump, ni Xi quiere armas nucleares en Irán.  

China necesita Ormuz abierto. Por ese estrecho brazo de mar pasa el petróleo iraní que necesitan. Trump espera que Xi Jinping le eche una mano. El chino le cobra esa factura: “aléjese de Taiwán”. Trump controla la producción mundial de chips, donde Taiwán tiene una gran fábrica. Xi maneja toneladas de tierras raras. Para ese negocio, ha llevado consigo a la corte tecnológica de Estados Unidos. Esos empresarios saben del tema y esperan convertir en socios a los chinos, tarea nada fácil con tan hábiles negociadores milenarios. La dimensión de esos acuerdos de colaboración es, por los momentos, solo manos estrechadas y pato pekinés.

En el tablero de Pekín están dos peones de gran peso específico: Rusia/Ucrania y Estados Unidos/Irán. China puede ayudar a Trump a salir de ese atolladero. El punto es que Irán renuncie a ser una potencia nuclear ofensiva, que Ucrania deje fuera a Zelenski y Rusia pare su ofensiva territorial sobre Ucrania. Si Trump logra despejar ese escenario, habrá merecido la pena el viaje; si no, se deslizará hacia una hecatombe en su midterms de noviembre. Xi no tiene esa presión electoral ni una prensa adversa.

Los tres nuevos estados de la Unión

Trump, que no se calla ni debajo del agua y desayuna con ocurrencias a la plancha, no habla como un distraído. No se puede dar por banalidades lo que sale de su boca pública. Sus globos sondas son medidos y valorados por su equipo. Han recorrido las redes sociales incorporar a la Unión a Venezuela, Cuba y Groenlandia. ¿Es posible legalmente hacer esa operación? Pasaría por consultas a sus pueblos, con la previsible oposición de sus gobiernos actuales, probadamente antiimperialistas (Groenlandia bajo la Unión Europea) y la aprobación de las Cámaras estadounidenses. Además, las protestas de los países iberoamericanos, Europa y el resto del mundo. Tal vez, la proclama de Trump sea que, en su imaginación, esos tres países serían libres, prósperos y democráticos para siempre, siguiendo el esquema político-administrativo de Estados Unidos. Pero convertirlos en estados asociados a Norteamérica es un sueño húmedo y los sueños, sueños son.

Tras la cumbre en Pekín, es previsible que China compre petróleo a Estados Unidos, aliviando la presión de Ormuz. Ese crudo puede ser el mismo que el chavismo le proporcionaba a su amigo oriental antes, que ahora llega a Texas. El vendedor cambia, pero el crudo es el mismo.

En resumen: del salón del pueblo al templo del cielo, Trump aleja su mano de Taiwán y la pone sobre esas tierras raras chinas. Xi media con Irán para que abran Ormuz, sin peajes ni restricciones y se olviden de sus cohetes nucleares. Y, ante la visita de Putin a Pekín hoy, Ucrania estará en la mesa negociadora. En este planeta en trance, los líderes, se dan la mano con efusión como viejos amigos. Creen que pueden existir sin agredirse como los gigantes que son. Hay sitio suficiente en el mundo para ellos. “Una estabilidad estratégica constructiva”, según Xi. Es decir, cada uno en su esquina sin zancadillas. Taiwán irrenunciable para Xi. Trump, un sumiso sorprendente.

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